Cali, cruce multicultural de pueblos, sigue siendo un provocador trópico sonoro gracias al sabor embrujador que brota de sus calles, barrios, plazas de mercado, parques, grilles y fritangas esquineras, a la potente brisa espiritual del Litoral Pacífico, a la diversidad que habita la flora y fauna de sus farallones y siete ríos, empujando en cada momento al ciudadano a un encuentro con las melodías, los paisajes sonoros, los ruidos y los estallidos del pentagrama en cualquier territorio de la cartografía urbana.
Dentro de ese mapa sensorial y ecléctico, que impregna la patria urbana del Loco Guerra, Jovita Feijóo y Andrés Caicedo, sobresale la dinámica territorial de la fragmentación por comunas, laderas, colegios, universidades, estratos, computadores, redes sociales, tribus urbanas, cultos religiosos y pandillas. Cada caliciudadano(a) construye su propia ciudad desde la subjetividad, desde su forma de transitar el espacio, de hacer uso de lo público, de identificarse con aquello que cree propio en su territorio desde la imagen, la palabra y el sonido.
Cerca de tres millones de personas, habitantes caleños desde el centro a la periferia, conviven aquí en un ecosistema sonoro plural y múltiple, entre una infinidad de músicas y prácticas sonoras insospechadas, a veces incomprendidas y marginadas. Ser conscientes de nuestra forma de habitar cotidianamente la urbe caleña desde las sonoridades significa sentir la ciudad como evocación y punto de construcción de la memoria, con el sonido como un patrimonio cultural.