Cada vez que uno tiene la posibilidad de caminar por el centro de Cali, existe la bella tentación de recibir el llamado de un paisaje sonoro exótico y mágico, una verdadera embajada del Pacífico, donde todos los días puedes disfrutar de un bocachico sudao en salsa de coco, arroz putiao, viche, arrechón y otras delicias musicales propias de un mar sonoro lleno del oleaje y el sabor Pacífico, que la gestora cultural y cocinera Margarita selecciona en su equipo de sonido como cualquier otro ingrediente propio del sabor y el flow del Pacífico sur.

Ella es una mujer afrocolombiana, muy consciente de que el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez se fue convirtiendo en un importante proceso de desarrollo cultural de su etnia, como espacio social de congregación y reflexión sobre la herencia cultural de la tradición del Pacífico.

Siempre es muy grato visitarla en su restaurante, y redescubrir las musicalidades de la fiesta afrocolombiana por antonomasia, cuyas sonoridades son las más liberadoras y explosivas, porque como escribió el poeta Helcías Martán Góngora:

Se siente en lo más profundo / este cantar de mi gente… / La sangre da la vuelta al mundo / como el mar al continente. / Bailo con negra soltura en Tumaco y Ecuador, / en Guapi, en Buenaventura / y en la costa del Chocó.Helcías Martán Góngora

Cali, sin lugar a dudas, es un carnaval de la diáspora, donde la corporalidad social presente es manglar, río, estero, selva, montaña y mar, y el paisaje acústico de chirimías, marimbas, violines caucanos, cununos, bombos y bombardinos es el testimonio del vínculo emocional con lo divino, lo natural y lo humano, recreado y transmitido por la raíz ancestral.

Donde Margarita, somos la tarde, la noche y la alborada donde se venera a Petronio Álvarez, al cimarronaje de sus poesías sonoras como "Mi Buenaventura", y se confirma el mantra literario del maestro Gabriel García Márquez: "las viejas voces de otros tiempos regresan al corazón…".